Carta al destino

  
Podría jurar que fueron mil noches, mil noches en las que viví bajo las faldas de la fantasía. Mil noches que supieron envolverme y arrastrarme a la utopía de tus besos, de tus piernas, de tu espalda.

Las manecillas del reloj se detuvieron cuando tus manos tocaron mi rostro y la noche me hizo saber que no sólo existías en mis sueños precoces, sino debajo de ese cielo estrellado y frío.
Mil noches escudada en la arrogancia de tu abdomen y el dulce sabor de tus labios.

Las murallas que rodeaban a mi corazón se deshicieron cuando tus ojos con el más puro amor me miraron, todo se hizo polvo, me hiciste ser el polvo que tus manos limpiaron.
Mil noches en las que me consumiste y restauraste con tus caricias.

Mil noches que llevo tatuadas en cada parte de mi mente, noches que hacen que mis músculos se tensen y que las palabras escaseen cuando escucho tu nombre.
Mil noches que me hacen maldecir la debilidad de mi alma y la ingenuidad de mi corazón.

¡Maldito el destino que me mostró que las estrellas del cielo las puedo dibujar en tu espalda en una noche!
¡Maldito sea el destino que me llevo como carnada a tus redes!
¡Maldito destino que me hizo amarte sin ser para mí!

Mil noches en las que memorice cada lunar de tu cuerpo, cada línea, cada cicatriz, cada parte perfecta de ti. Mil noches en las que vivía para morir entre tus piernas.

La distancia se desvaneció con tus besos, y llenaste de calidez todo mi cuerpo. Suprimiste las dudas y las convertiste en cenizas que soplaste y el viento de la noche se llevo. Mil noches en donde me llenaste de ti y que ahora he perdido.

¡Maldito destino que me hizo creer en la eternidad de tus besos y alimento con egoísmo mi ser!
¡Maldito el destino por ayudarte a grabar tu nombre en mi piel para siempre!
¡Maldito destino que me hizo aferrarme a tus brazos y ahora me desprende de ellos porque debo dejarte ir!

Llevo conmigo mil noches que perturban a mi mente, que me hacen pedazos el alma y degradan mi cuerpo. Podría jurar que la felicidad la encontré en los misteriosos recorridos que debajo de las sabanas aprendí gracias a ti. Podría jurar que la felicidad rima con tu nombre.


Podría jurar que el destino ha sido mi peor enemigo por haber hecho de mi felicidad algo no duradero, que maldeciré incansablemente hasta el último aliento de mi ser.


L.S.


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